
Siempre critiqué que es una fiesta de afuera, que ha sido copiada en Chile solo con fines comerciales. Que no tiene raíces en nuestra cultura, bla, bla, bla.
Cuando no tenía hijas apagaba todas las luces y no le abría la puerta a nadie.
Cuando mis hijas nacieron, fueron creciendo, compre dulces para darles a los niños y niñas que golpearan nuestra casa y ellas empezaron a esperar ese momento con felicidad.
El año pasado no solo se conformaban con entregar dulces, sino que pidieron salir a buscarlos en casas vecinas; lo reconozco, “muerta de vergüenza” me negué a ello y mi marido les explicaba que no correspondía a nuestra idiosincrasia, ellas solo miraban sin entender tan profunda explicación, y entre protestas, reclamos y amurramientos, tuvo que acompañar resignadamente a las niñas a recorrer las calles en búsqueda de dulces.
Este año fue imposible volver atrás, no sólo querían entregar y pedir dulces, sino que entusiastamente querían disfrazarse y salir por las calles. Finalmente me di por vencida y me rendí, cedí en todo, compre dulces, arreglé disfraces, prepare calabazas para salir de noche y las acompañé por el barrio.
Entregada a esta práctica extranjerizante, sin raíz en nuestra cultura y víctima del consumo y el mercado, me entregué.
Para no pasar sola por este trauma, fuimos a buscar a la vecina, cuya hija es compañera de jardín de una de las mías, quién se encontraba con sus primos, todos disfrazados de animales. Como en el barrio no hay muchos niños y niñas, fuimos directo otra casa que sabíamos que vivía una niña, y así sumamos una nueva vecina a nuestra caravana de dulces. Constituimos una pandilla de 7 niños y niñas de entre 3 a 7 años disfrazados de animales, hadas y brujas, padres y madres entregados al ritual. Recorrimos el barrio durante una hora, al menos en un par de casas de cada cuadra estaban preparados para nuestra visita y los niños se ponían felices con ello.
Encontramos otras pandillas como nosotros y nos dábamos el dato de donde daban dulces.
Debo reconocerlo, lo pasamos bien, compartimos con los vecinos y vecinas y nos relacionamos con otras personas de nuestro barrio, a los cuales nunca habíamos visto y mucho menos hablado. Fue entretenido, una verdadera fiesta comunitaria, golpeas la puerta donde se ve que hay onda y salen felices a darte dulces, y así por primera vez, después de 4 años que habitamos en el barrio, conoces a quienes viven cerca de ti.
¿Cuál es la gracia de Hallowen? No sé, pero es una gran excusa, una oportunidad para conocer a tus vecinos y vecinas, vincularte con el otro, reírte un rato en este país que tiene tan pocas fiestas y espacios comunitarios de relaciones.
*Publicado en www.momwo.com






ombudsman
Danae, buenas tardes.
Estoy tratando de ubicarla por el tema del Ombudsman,
ojalá pudiera responderme al correo que dejé registrado.
Saludos cordiales,
Juan