
El resurgimiento en los medios de comunicación del debate sobre la paridad de género en la administración del Estado coincide por estos días con la publicación de algunos estudios internacionales referidos al tema. Obviamente, este debate no es novedoso y por lo mismo amerita una contextualización crítica, para evitar que ciertos discursos induzcan una errada percepción en lectores y lectoras.
El informe que acaba de
publicar el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para
En América Latina, la presencia femenina en cargos de poder
aumenta notoriamente desde
Por su parte, el Foro Económico Mundial, a través del
Índice de Paridad de Género, hace unos días clasificó a nuestro país en el
lugar 64 entre 134, apenas un puesto más arriba que en 2008. Ya que se atribuye
esta posición al “acceso político” de la mujer, es dable asociar este pequeño
avance al respaldo ciudadano ganado -no sin las descalificaciones de género que
todos recordamos- por
El aspecto central del mencionado
informe de
Pese a los
antecedentes hasta aquí expuesto, vemos que prevalecen extraños argumentos
contra
Hoy vemos que países como España son señeros en la materia, porque a través de su ley de igualdad busca la representación equilibrada de género en toda la administración, fijando parámetros en la integración del gabinete ministerial. En América Latina ya destaca el caso de México, que también aprobó una ley de cuotas para el Parlamento y de los avances que tuvo Argentina desde que la incorporó.
El nivel de consenso ciudadano y técnico apunta a señalar que la participación directa de las mujeres en la adopción de decisiones públicas no sólo es cuestión de justicia democrática, sino también un mecanismo para asegurar una mejor rendición de cuentas por parte del Estado, las empresas y la sociedad hacia la mujer, sus derechos y dignidad.





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